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Edificio Tivoli – Vivir en la Plaza del Rey

VIVIR EN EL EDIFICIO TÍVOLI: SEPA, DE VERDAD, POR QUÉ

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¿Por qué Cartagena y cualquiera de sus visitantes apreciamos tanto la Plaza del Rey? ¿Por qué, en cualquiera de nuestros trayectos hacia el puerto, elegimos siempre atravesarla y pasearla aunque sea durante unos breves minutos? ¿Qué es lo que hace que nos resulte tan acogedora, tan amable, tan nuestra? Quizá sea la percepción, casi inconsciente, que todos tenemos de que es la única plaza de la Cartagena histórica capaz de ofrecérnoslo TODO a la vez con una suerte de “armonía de los opuestos” cada vez más difícil de encontrar. El lugar en el que todo queda igual de lejos que de cerca.

Lejos de ruidos de coches al estar vetado el tráfico rodado; no sólo es peatonal la plaza, sino todas las calles que la rodean a excepción, claro está, de la Calle Real.

Lejos de contaminación auditiva al no haber sido “tomada” por los espacios comerciales que hacen de otros lugares cercanos -las Puertas de Murcia o la Calle Mayor- un continuo trasiego de gente a cualquier hora del día.

Lejos de los “avisperos turísticos” del Puerto Marítimo en los que se dan cita cruceristas, visitantes nacionales y habitantes de cualquier rincón de la ciudad  en los más de 300 días al año de sol y buenas temperaturas.

Lejos de las instransitables “horas punta” en las que salidas y entradas de colegios saturan aceras, calles o aparcamientos.

Lejos de la impersonalidad y la falta de historia y de raíces de otros espacios urbanos –polígonos residenciales, urbanizaciones de nuevo cuño- en las que no existe la más mínima seña de identidad de esta ciudad histórica, romana y milenaria.

Cerca del sosiego del que la plaza disfruta cualquier día del año –a excepción quizá de las noches de Semana Santa-; tranquilidad si allí vives o trabajas y luz, esa luz inconfundiblemente .mediterránea que barniza la Plaza del Rey con distintas tonalidades desde el alba hasta el crepúsculo

Cerca de la sensación de espacio “vivo”, no meramente residencial, espacio que se transita, que se camina, que se relaciona. Todo es cruzar la Calle Comedias y ya puedes sentirte inmerso en el bullicio de la zona comercial, financiera y cultural de las calles Mayor, Real, Puertas de Murcia, Plaza de Castellini o de San Francisco. En menos de 10 minutos a pie puedes disponer de cuantos servicios pueda necesitar un ciudadano: transportes, servicios médicos, comerciales, bancarios, educativos…bullicio libremente elegido.

Cerca de los nodos de comunicación terrestre que conectan la Plaza del Rey, a través de la Calle Real con el otro “centro” de la ciudad: hacia la derecha, Plaza de España y Avenidas Alfonso XIII y Alameda, a la izquierda, salida a la autovía de Murcia, Alicante, La Manga y Mar Menor, la estación de autobuses o la de trenes, cerca del mundo, por tanto.

Cerca del privilegio de cruzar las calles Arena o San Agustín para encontrarnos frente al majestuoso Ayuntamiento de la ciudad, en la plaza de tal nombre, ante el monumento a los Héroes de Cavite y frente al mar.

Cerca de necesitar menos de cinco minutos para mirar de frente al Mediterráneo, bien desde cualquiera de sus espacios libres, bien desde cualquiera de las terrazas y locales que jalonan el paseo y desde los que admirar la bocana, los faros opuestos de Navidad y La Curra, Galeras, San Juan, los montes que la rodean y abrigan, la chimenea de Escombreras -emblema de la Cartagena industrial- y el horizonte en el que el mar se pierde en una imagen real sobre la que la memoria o la imaginación puedan recrear lo acontecido en siglos de historia.

Cerca de la posibilidad de vivir un día a día normal, amable, tan tranquilo o bullicioso como uno desee, sin imposiciones.

Bajar del edificio y acercarse paseando a comprar el pan o a Zara o cualquier oficina de abogados o médicos o entidad bancaria. O, sin salir de la Plaza, almorzar en el clásico y castizo “El Galeón” o cenar en el más moderno o vanguardista restaurante japonés o, sencillamente, sentarse a ver pasar la vida con un amigo o un libro o un ordenador bajo la sombra del mágico e iridiscente  “bosque de cristal” que aporta el toque vanguardista, fresco y actual a una plaza histórica, de origen marinero y militar en la que se ha rendido honores a los muchos Reyes de España que en ella recalaban después de desembarcar en la ciudad y en la que cada piedra, cada esquina y cada fachada son historia silente de Cartagena.

Cualquiera que habite o frecuente la Plaza del Rey sabe que la calle Arena que ve desde su balcón, recibe su nombre del arenal que en época romana y siglos posteriores se formaba en el lugar al entrar el mar en la ciudad mucho más de lo que hoy se marca, sabe que subiendo un par de calles desde el eje de la calle Mayor, podrá sentarse a disfrutar de la historia con mayúsculas ante el Teatro Romano más importante de España o caminar por el foro romano, por lo que fueron sus basílicas, sus mercados y visitar todo aquello que, desde los años 90 se ha podido rescatar y restaurar de una ciudad que fue sede del Imperio Cartaginés en la Península y hogar de Anibal y Capital de provincia durante la República Romana.

Y sabe que podrá adentrarse en los edificios recuperados de aquél épico pasado –son casi adyacentes a la Plaza del Edificio Tívoli- sólo si lo desea y sabrá que puede vivir o trabajar en un edificio de alrededores bellos y tranquilos, acogedores y amables en los que siempre hay un momento del día en el que el olor a mar todo lo invade y sabe que si en ese momento no le basta con presentirlo, sólo tiene que girar la cabeza y allí lo tendrá, tan real como eterno.

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Usted se levantará aquí.

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En menos de 5 minutos a pie, estará aquí.

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O aquí.

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O aquí.

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Y justo, a la espalda de aquí.